lunes, 25 de mayo de 2009

Thomas Mann

-¡Olas inmensas...!- dijo Thomas Buddenbrook-.

Vienen y se estrellan, una tras otra, sin fin, sin objeto,estériles y errantes. Y no obstante, obran sobre nosotros de un modo sedante y consolador, como imagen de lo simple y lo necesario. Cada día tengo más cariño al mar.En otros tiempos prefería la montaña, quizá tan sólo porque estaba lejos. Hoy no podría. Siento que la temo y me avergonzaría. Es demasiado arbitraria, irregular, diversa.No podría por menos de sentirme vencido. ¿ Qué clase de hombres son los que prefierne la monotnía del mar a la variedad natural de la montaña? Creo que son aquellos que se han absorbido en la contemplación de las cosas interiores para no tener que pedir a las exteriores cuando menos uan cualidad: la sencillez (...)

¡Salud y enfermedad! He aquí la diferencia.Trepa uno animoso por la maravillosa variedad de las montañas escarpadas, sólo para poner a prueba la propia fuerza vital, virgen todavía; reposa otro frente a la sencillez de las cosas exteriores, únicamente cuando está fatigado de la confusión de su espíritu.


Los Buddenbrook

Thomas Mann

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