viernes, 29 de mayo de 2009

Sorolla al final de su vida

Con un fervor casi religioso le llevaron hasta la playa del Cabañal a una hora solitaria. Quizá algún pensador, tal vez un marinero o una humilde espigadera de despojos rechazados por las olas mirase la escena y recordara vagamente que en otro tiempo, en su niñez, en su adolescencia, sirviera de modelo al artista.
Iban callados, anhelantes, con la misma unción que a otros enfermos llevan los deudos y familiares al pie de las imágenes milagrosas.
Era allí mismo donde nacieron Sol de la tarde, La vuelta de la pesca, La bendición de la barca, El baño; donde también, entre tanta hercúlea o florida desnudez de hombres robustos y niños sanos, vio Sorolla la carne llagada, las osamentas deformes y los rostros amargos de las pequeñas víctimas de Triste herencia.
Nada tan elocuente para Sorolla como la fulgencia de los cielos sobre la ondulación sonora de la Madre Nuestra.
La esposa gritó:
-¡Mira; Joaquín! ¡El mar! ¡Tu mar!
Y los hijos, en una imploración que tuvo algo del remoto clamor de los coros esquíleos, repitieron:
- ¡El mar! ¡El mar! ¡Tu mar!
Y en seguida un gran silencio como si la playa fuera una enorme campana invertida. Después empezaron a oírse tenues rumores. Los sollozos de la esposa, los aleteos de una gaviota en vuelo demasiado bajo, el raas prolongado de las ondas desflecándose a pocos pasos del artista, inmóvil, con los ojos turbios, la boca entreabierta en un rictus inexpresivo, las barbas húmedas y las manos inertes sobre los brazos del sillón.
Entonces comprendieron que todo había concluido.
Los mástiles que los artistas quisieron clavar en la playa para sostener crespones con el genial propósito de enlutar el mar se hubieran alzado tardíamente.
Joaquín Sorolla murió en verdad aquel día que los suyos imploraron inútilmente al Mediterráneo.

José Francés

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